Artemisia Gentileschi

Entre lo dicho y lo no dicho: “Aquí Artemisia”

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Artemisia Gentileschi

“Trauma, no hay otro: el hombre nace malentendido

J. Lacan, Ornicar. 1981.

Abordar la vida de una mujer como Artemisia Gentileschi no es una tarea sencilla. Supone un esfuerzo y todo un desafío de investigación, donde hay que reconstruir constantemente una biografía para no quedarse justamente con lo que “ya está dicho”; porque si hay alguien sobre la que no está todo dicho esa es Artemisia, aquella gran pintora que pudo hacer de su deseo un medio para ganarse la vida, en una época en donde esto resultaba verdaderamente irrisorio, sobre todo si se trataba de una mujer.

Mientras escribo no dejo de pensar y cuestionar el significante “CÉLEBRE”, palabra que enmarca y nos convoca hoy a escribir en este ciclo de conferencias. Es importante romper con el imaginario social que el término adquiere en nuestros días, en donde toda “CELEBRITY” (como se dice en inglés, derivado del mundillo Hollywoodense) se muestra como una imagen perfecta, sin fisuras ni fallas, quizás como consecuencia o efectos del Photoshop. Una MUJER CÉLEBRE no es aquella que se camufla en la imagen sin grietas, sino la que a pesar de ellas puede ir más allá, creando un rasgo propio. En este sentido, Artemisia es una verdadera celebridad. Sus obras muestran cómo el arte puede mezclarse con la realidad y transformarla por medio del acto creador.

Como se dijo al comienzo el rastro de la vida de la artista parece muchas veces perderse. Incluso el libro de “Las Actas Sobre el Proceso de Violación en 1612”, contiene en su volumen un prefacio extenso en donde intervienen cuatro autores distintos. Cuatro voces, cada una de las cuales pronuncia una lectura diferente ante los hechos que el texto detalla.

Parto de la idea de que todo este escollo en torno a la “biografía de Artemisia” en donde no se sabe qué es real y qué es fantasía, forma parte de la propia leyenda de aquella mujer que pintó, según la crítica: “la más cruel de las Judith”.

La falta de información deja así de ser un obstáculo para convertirse en un dato significativo que en sí mismo habla de la pintora en tanto sujeto del inconsciente, sujeto del malentendido y del semi-decir, que nunca se puede abarcar en su totalidad. Es necesario entonces repensar estos silencios que no obstante hacen eco, resuenan y repercuten incesantemente en su historia.

Indudablemente, si hay algo que cobra relevancia en la vida de Artemisia es que de ella mucho se ha dicho… y se sigue diciendo. Algunos autores afirman que tuvo una hija, otros plantean que fueron dos y hay quienes sostienen que fueron tres o cuatro. Sin embargo, de ninguna de ellas hay indicios. No se puede evidenciar con exactitud cuándo ni donde murió o cuántos cuadros pintó realmente.

El nombre de Artemisia Gentileschi despierta el comentario de voces provenientes de campos diversos: de la literatura, la historia del arte, del psicoanálisis y hasta del cine. Son voces que hacen ruido, aturden, llegando a causar confusión. Voces que corren entre el público, murmullos que circulan por doquier. RUMORES que emergen como una huella asociada a su nombre y de los cuales Artemisia logrará resurgir. Aventurándose por los caminos del arte podrá ir más allá de estos estigmas y desplegar su creatividad. A través de sus obras podrá suscribir un nombre propio, nombre como marca registrada y sello de una autenticidad inigualable. Son sus obras las que, entre tantas voces, hablan de y por Artemisia.

En cuanto a los rumores, es preciso dedicarle unas palabras. Son fenómenos atractivos, siempre cautivan y generan fascinación entre los seres humanos, provengan de donde provengan y cualesquiera sea su raíz. Incluso entre las mujeres es un tema destacado, ya que desde tiempos inmemorables se vincula al género femenino con “los cotilleos”, esos dichos que con un aire de inocencia confirman amoríos o destruyen familias. Evidentemente, los rumores son más que simples palabras, configuran estructuras comunicacionales complejas que pueden causar un fuerte impacto social en tanto hacen temblar estructuras políticas y económicas, fracturan instituciones, ennoblecen o desbaratan reputaciones. En otras palabras, los rumores han creado historia o se inscriben en ella, de la que llegan a ser parte.

Generalmente, aparecen tras un acontecimiento concreto y del cual cada uno de los miembros que participan en su divulgación hace una lectura distinta agregando, recortando, dando forma y deformando aquello que se dice de acuerdo a su propia subjetividad.

Se puede pensar que, al modo de los síntomas o sueños, los rumores son formaciones sustitutivas, ficciones construidas a parir de lo visto y lo oído que expresan algo en relación a la verdad del sujeto pero de un modo velado, distorsionado.

Desde el psicoanálisis sabemos que un síntoma en tanto formación del inconsciente es más que eso de lo que el sujeto sufre y, en el mejor de los casos, se puede quejar. Un síntoma es una manifestación que implica al sujeto en su historia. Tiene que ver con aquellos significantes, con esas palabras con los que el Otro social y cultural, representado por diferentes personajes que rodean y anteceden al sujeto (padre, madre, abuelos, hermanos, maestros, etc.) lo marcan y le otorgan un lugar en el mundo simbólico de la cultura; abriéndole al mismo tiempo la posibilidad de convertirse en un sujeto de deseo.

En este punto, es preciso recordar que el cachorro humano (a diferencia de los animales) no se hace a sí mismo, tampoco  es sólo el fruto del vientre materno. Nace como producto del deseo de un Otro que lo antecede en el mundo, el que otorga la sangre y el nombre. Filiación y genealogía que encadenan al sujeto a una historia y lo inscribe en una serie, la de sus antepasados.

Como sujeto hablante y por lo tanto, sujeto del inconsciente, el hombre está subordinado al semi-decir. El inconsciente limita un territorio en donde habitan deseos de los que no puede dar cuanta; deseos que lejos de poder controlar lo controlan, mostrándose como malentendido.

¿Qué son los rumores si no? Malos entendidos; o mejor entre-dichos que se hacen públicos, borrando el límite que separa y diferencia lo interno de lo externo; lo que es propio y subjetivo de cada uno y lo que proviene del otro.

En el rumor se enlaza y se publica algo que tiene que ver con la intimidad del sujeto, de ahí su violencia. Irrumpe revelando algo que se encontraba oculto.

Esto ocurre en la vida de Artemisia. Hay un acontecimiento que la artista mantenía en secreto y que sale a la luz de la manera más brutal, motivando un juicio público; me refiero a la violación cometida por Agostino Tassi. A día de hoy, este juicio parece girar alrededor de un enigma que genera en la época mucho revuelo y da que hablar, registrándose incluso hasta nuestros días en forma de interrogante: ¿Hubo tal violación o no?

Si bien Tassi es declarado culpable y condenado al finalizar la causa, nada se logra aclarar en cuanto a la reputación de Artemisia. A la inversa, el proceso mismo instaura un acontecimiento que la exhibe desnudando lo más íntimo de su ser, exponiéndola a diversas humillaciones y deshonras. Las controversias acerca de su pureza y su integridad continuaron, y dejaron huellas. Circulaban en paralelo dos versiones de los hechos, y por lo tanto de su valía como mujer y como artista: Por un lado, se sostiene que Artemisia es una mujer de costumbres ligeras, que estuvo con muchos hombres y que era, en la sociedad de la época, muy conocida por su reputación. Contrariamente, otros dirán que se trata de una joven mujer que ha sido ultrajada, agraviada y ofendida por su maestro.

Entre un dicho y otro hay un vacío. Lo único que se sabe a ciencia cierta es que en ese mismo año, Artemisia inicia su serie de pinturas cuyo tema central era el personaje bíblico de Judith, la heroína que libera a su pueblo del enemigo persa. Judit decapitando a Holofernes data de 1612 y es una de las más dramáticas y feroces versiones de este pasaje bíblico; cuadro al que Paqui dedicó unas palabras y que podemos ver aquí detrás en su versión del año.

judith
Judith decapitndo a Holofernes

 

Se puede presumir que tras el juicio la relación de la joven con Orazio Gentileschi se vio afectada, ya que a partir de aquí muchos de sus cuadros serán firmados con el apellido materno, Lomi.

No es un dato menor si nos remitimos a la relación de Artemisia con su padre. Mantenían entre ambos un vínculo muy estrecho, había sido él quien la introduce al mundo de la pintura, el que la había instruido en las técnicas del claroscuro y le dio no sólo un nombre sino un lugar importante en su propio atelier, el cual recorría desde pequeña. Se trata de un padre que ampara a su pequeña hija y le abre las puertas al mundo de la cultura, le hace un lugar en su deseo, paso fundamental para que posteriormente esta niña pueda sostener un deseo propio. La pintura es más que un oficio en Artemisia, es algo que enlaza a padre e hija en las vías del deseo.

Sin embargo, un mes después del juicio se produce un distanciamiento entre ambos. El padre dispone que su hija se case con un pintor y mercader florentino. Esta alianza matrimonial aparece como un acto por medio del cual Orazio Gentileschi busca restituir lo que el juicio terminó por desmantelar: el HONOR de Artemisia.

El honor, constituye la trama central en la historia de Artemisia en tanto implica la construcción en el imaginario social de una cualidad moral vinculada al deber, al mérito o a la virtud que se refleja en la opinión pública. Dicho de otro modo, en ésta época lo que un sujeto ERA dependía de lo que representaba en la sociedad. Honor era sinónimo de honra, y en el caso de las mujeres la buena o mala reputación era determinante a nivel social porque el honor masculino dependía de lo que la gente comentara de sus mujeres más cercanas.

Consecuentemente, el matrimonio se convirtió en uno de los mejores mecanismos para cuidar y hasta para incrementar el honor de la mujer y su familia, y por supuesto para reconstruir el agravio que toda violación física o moral provocara.

El Honor entonces, como la pintura, relaciona a padre e hija Gentileschi. Las hijas debían mantener en alto el honor del apellido que portaban, el nombre del padre. Éstos, por su parte, ofrecían a sus hijas una cuantiosa dote, fortuna que al mismo tiempo servía para atraer a los maridos más convenientes de modo que su nombre y honor quedara resguardados.

Curioso contrato para saldar la deuda de sangre, porque se sabe que la filiación y la genealogía es algo que el sujeto siempre adeuda, y no se trata precisamente de una deuda recíprocamente proporcional. Recibir un nombre establece desde el principio la obligación de portarlo. Se debe y es deuda; compromiso que muchas veces tras no poder asumir, se transforma en un impuesto imposible de pagar, despertando en el sujeto culpa y encadenándolo en un vínculo de servidumbre.

En este sentido, desde la antigüedad son numerosos los casos en donde hijos e hijas se entregan en sacrificio como una ofrenda de agradecimiento o bien como modo de pago de una deuda, cuyo fiador se encarna en distintos padres que le anteceden otorgándole un linaje, o muchas veces en Dios-padre. Uno de los más destacados, es el caso de Lucrecia que mencionaba anteriormente Ana Cristina, en donde es ella misma quien se inmola y ofrece su vida como dación en pago, no sin antes expresar la siguiente frase: “¡Ninguna mujer quedará autorizada con el ejemplo de Lucrecia para sobrevivir a su deshonor!”. Paga con su propia sangre poniendo al mismo tiempo a prueba, por medio de su sacrificio, el amor de su padre, el honor de su nombre y el de su casta.

Marta Gerez Ambertín, psicoanalista, dirá en relación a la deuda, la culpa y el sacrificio: “Freud no se engaña. Una culpa que, para ser expiada precisa del suplicio sacrificial del hijo es porque encubre el anhelo de asesinar al padre; así, la tentación sacrificial del hijo se enlaza al pago por su codicia parricida”1. Este es el punto en el que convergen culpa y sacrificio. Se trata de una culpa universal que se enlaza a un deseo designado por Freud también como universal, el deseo parricida, y por lo tanto no estamos en los niveles de la consciencia, sino en los estamentos del propio inconsciente, tiene que ver con la constitución psíquica en sí.

Así, se destacan dos caminos posibles por los que el sujeto buscará saldar su deuda genealógica. Uno de ellos irá de la mano del trueque simbólico, de la dádiva y el don, donde reencausa alianza e intercambio. Esto implica un reconocimiento al padre, como representante de aquello que lo antecede, por los dones recibidos, y la caída de aquella creencia que posee el sujeto de que esta deuda es inversamente proporcional, de él con el Otro y del Otro para con él.

Otro de los caminos posibles se quedará en los bordes de lo simbólico y del intercambio en un intento de borrar dicha deuda, odiando al acreedor y demostrándole que nunca brindó nada; y si brindó, que su don no era necesario ni fue solicitado; y si lo fue, era su obligación otorgarlos. En esta línea aparecerá la ofrenda de aniquilación, el holocausto de la propia vida; en un intento que también buscará comprobar el amor del Otro. Pago de la deuda de sangre con la propia sangre y el sufrimiento.

En el caso de Artemisia, es preciso remarcar que ella puede ir más allá del padre, puede sobrepasar su destino sin someterse a lo preestablecido. Destino que se materializa en el acto matrimonial, aquel que garantiza el honor de su estirpe. Artemisia no paga la deuda con su sacrificio, no entrega su vida a cambio del honor del padre; por el contrario no claudica ante su deseo, pudiendo realizar un pago por las vías del don y del intercambio. A través de la pintura puede entregar cuadros y obras de artes para saldar su deuda, mantiene el honor de su nombre y el de su padre, el cual queda registrado en la historia hasta nuestros días…

Bifurcación del destino al que sólo algunos pueden acceder, puesto que para ello es preciso la creación. El acto creador supone un movimiento importante a nivel de la estructura psíquica. Crear implica poder salirse del manto protector del padre, del destino marcado y de lo pre-existente. Implica arriesgarse a recorrer caminos desconocidos y muchas veces sinuosos en donde no hay garantías, es un ir más allá del padre como garante. Involucra un reconocimiento de la deuda, y una responsabilidad que sólo es posible de asumir sirviéndose justamente de los dones que ese padre brinda, pero yendo más allá, fundando un camino propio; allí radica todo el valor de la obra de Artemisia, y también de su vida; marcada y sentenciada por rumores, voces que la rodean sin lograr encerrarla.

“Aquí Artemisia”, o como se dice en latín “Heic Artemisia”, es lo que aparece registrado en su sepultura. Frase concisa, lacónica, que expone sólo su nombre, nombre más allá del padre en el que se resume los avatares de su historia. Oración que abrevia y hasta silencia todo lo que sobre ella se ha dicho, pero que sigue dando que hablar hasta nuestros días.

Notas pie de página:

1. Gerez Ambertín, Marta. “Entre Deudas y Culpas: Sacrificios. Crítica de la Razón Sacrificial”. Ed. Letra Viva. Bs. As. 2010, pág. 29.

Referencias

  • Burbano Arias, Grace. “El honor, o la cárcel de las mujeres del siglo XVII”. Memoria & Sociedad, Vol. 10 No 21 Julio – Diciembre de 2006.

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  • Freud, S. “El delirio y los sueños en la Gradiva de W. Jensen”, 1906. Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, 1996.

  • Freud, S. “El poeta y la fantasía”,1908. Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, 1996.

  • Freud, S. “Un recuerdo infantil de Leonardo da Vinci”,1910. Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, 1996.

  • Freud, S. “El moisés de Miguel Ángel”, 1914. Obras Completas, Ed. Biblioteca Nueva, 1996.

  • Gerez Ambertín, Marta. “Entre Deudas y Culpas: Sacrificios. Crítica de la Razón Sacrificial”. Ed. Letra Viva. Bs. As. 2010.

  • Lacan, J. Le malentendu (10/06/80). Séminaire Dissolution. in Ornicar ? 22/23. Paris, Navarin, 1981.

  • Machado, Teresa. “Reflexiones sobre la verdad, el rumor y el chisme en las Instituciones Psicoanalíticas”. Conferencia en Caracas, 10 de Mayo de 2000.

  • Pascual Molina, Jesús Felix. “Una aproximación a la imagen de la mujer en el arte español”, en Ogigia. Revista electrónica de estudios hispánicos, n.º 1, enero 2007, pp. 75 a 89. (http://www.ogigia.es)

  • Sánchez Lora, José Luis. Mujeres, conventos y formas de religiosidad barroca”. Madrid, Fundación Universitaria Española, 1988.