¿Qué quieren mis hijos de mí?

Ser Padres en Épocas de Incertidumbre

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Si hay algo en esta vida que produce los mas complejos quebraderos de cabeza es eso de tener hijos; y más en estos tiempos que nos toca vivir hoy, colmados de incertidumbre y confusión. Vivimos agotados intentando no sólo conciliar la vida familiar y profesional, también esforzándonos en cumplir todas las obligaciones que nuestra propia vida «de adultos» requiere. ¡Qué decirles cuando además hay que trasladarse a otro país o a otra ciudad! Ese desgarro nos puede dejar casi psicóticos porque tarde o temprano aparecen viejos fantasmas, aunque se oponga resistencia. En esta aldea global es donde hombres y mujeres nos vemos enfrentados al desafío de criar a los niños y niñas para que sean al decir de Machado buenos, en el buen sentido de la palabra.

Los padres se plantean hoy en día cantidad de problemas a la hora de ejercer sus funciones. Dudan de todo, pero sobre todo dudan de ellos mismos. Es del todo normal si pensamos los malabarismos que hay que hacer entre la rápida evolución de la vida social y la declinación de los valores que antes eran seguros y hoy ya no lo son. Pero lo cierto es que los adultos de hoy han dejado de confiar en el ser humano que crece, en ese ser que se va desarrollando ante sus ojos. De no ser así, ¿cómo nos podríamos explicar algunos fenómenos que vemos cada vez con más frecuencia? Pienso por ejemplo en el hecho de que un niño con todos los dientes en su boca es decir, biológicamente preparado para masticar siga tomando teta o coma la comida triturada; o que sabiendo caminar, correr y jugar a la pelota vaya en carrito en vez de andar a pie por el paseo marítimo. Sin confianza en el ser humano que crece y en las potencialidades del niño, la crianza se vuelve más complicada. A los adultos les cuesta asumir algunas contradicciones, aquellas que los hijos les lanzan a sus padres en su propia cara. Porque en la ajetreada tarea e invadidos de todo el amor y los miedos por hacerlo de la mejor forma posible sabemos que las mamás y los papás de las publicidades no existen, pero, ¿quién no lo intentó alguna vez? se busca refugio bajo ciertas ideas de crianza (las que sean) que imponen una forma de vida aparentemente ordenada, pero que a veces dejan a los más pequeños sin el acompañamiento necesario para que puedan ir creciendo de forma saludable en cada etapa. Cuando los padres pueden descubrir sus propias contradicciones y llegan a asumirlas con valentía; es decir, cuando pueden cuestionar lo que hacen de forma consciente o inconsciente, los hijos ven ante sus ojos adultos que no pretenden ocultar la verdad, que asumen sus propios deseos, temores, inseguridades, imperfecciones y angustias. En definitiva: ¡hombres y mujeres de carne y hueso!.

La verdad verdadera es que ser madre o padre implica una especie de electroshock emocional, una mezcla explosiva de fragilidad y responsabilidad que intelectualmente puede ser más fácil que hacer un postgrado, pero bastante más complejo a nivel afectivo. La naturaleza podrá ser muy sabia, pero 9 meses de gestación no es tiempo suficiente para prepararse mentalmente ante ese deseo viviente que acaba de nacer y ver la luz, y que depende absolutamente de otros para todo. Eso sin contar con el boom hormonal, los días sin dormir y el llanto que a veces se vuelve indescifrable. La originalidad del humano no es como consideran algunos sistemas ser un objeto que varía en función del medio circundante. El niño no es sólo el reflejo del ambiente familiar y social. La originalidad del sujeto humano es mucho más compleja porque al ser seres de palabra proviene del lugar que ocupa en el deseo de sus progenitores. Los intercambios del niño y su entorno se dan a partir de lo que se cree que el niño quiere decir o pedir, y de lo que él percibe que los otros quieren de él. Cada persona actúa según su deseo (inconsciente y consciente), y reacciona a las expresiones espontáneas que ve manifestarse, o que cree que ve, si consideramos que la realidad es siempre subjetiva y tiene estructura de ficción. Sumergidos en nuestra cultura ultramoderna que todo lo piensa entorno al yo, mi, me, conmigo, nos olvidamos que en los niños existen otros ritmos, otros tiempos, otra lógica que es preciso acoger. Las palabras para los niños encierran una cantidad de experiencias afectivas, emocionales, físicas, de espacio y de tiempo completamente diferentes. Sus comportamientos son también intentos de gestionar su propia vida -en el pleno sentido de la palabra-, ese conjunto de fuerzas libidinales que emanan de su interior y que van conquistando su cuerpo a medida que van creciendo. Con eso tienen que vérselas en todas las fases del desarrollo y desde el mismo momento del nacimiento. Olvidamos también aquello que otras generaciones decían, que se educa con el ejemplo. Cada vez es más frecuente escuchar que los más grandes eluden las contradicciones entre lo que dicen y hacen, que se saltan los tiempos de reflexión y los espacios de análisis. Se recurre a diversas fuentes de información y en menos de un minuto estamos enredados en una maraña confusa. ¿De verdad se comprende?. La canción* nos recuerda ese espejismo que es preciso distinguir porque a menudo los hijos se nos parecen pero son seres independientes con sus deseos e inquietudes, con una realidad distinta. La naturaleza fusional del hijo en ocasiones dificulta que podamos captarlo (¿acaso alguna vez se puede cortar del todo el cordón?). Lo que nos queda, entonces, es revisar de qué manera enfrentamos las (propias) incertidumbres para no caer en lo que dice Serrat de transmitirles nuestras frustraciones con la leche templada, o domesticarlos por su bien; para poder brindarles en cada etapa el respaldo que necesitan para ir creciendo. Lograr revisar eso puede llegar a ser todo un acto de amor, ¿no les parece?.

*J. M. Serrat (1981) Esos Locos Bajitos (En Tránsito, Ariola, 1981).

Cecilia A. Cortés

Málaga, Agosto de 2018

Referencias

Doltó, F. (2005) La Dificultad de Vivir, vol. 1. Familia y Sentimientos. Ed. Gedisa.